Si eres un elefante en un templo lleno de jirafas

,

Ilustración por Brady Izquierdo

Mi formación cristiana comenzó en una comunidad de la Fraternidad de Iglesias Bautistas de Cuba (FIBAC), conocida por ser una iglesia bastante abierta con las sexualidades no hegemónicas y poco conservadora teológicamente hablando. La tildaban de iglesia “pagana”, y algunes le decían “La Gran Babilonia” porque le daba la bienvenida a personas diversas o que usualmente no eran aceptadas en los espacios cristianos: muchachos con aretes, gente con tatuajes, estrafalaria, homosexuales, poetas, frikis.

Nuestra congregación recibía cada año a un grupo de personas de su iglesia hermana de Estados Unidos que eran presentadas con su pareja homoafectiva, con normalidad. Junto a elles llegaron jóvenes alegres y desprejuiciades, algunes con dos mamás o dos papás y esto era muy natural para mis hermanes de la iglesia cubana.

Sin embargo, cuando teníamos encuentros y reuniones nacionales con personas de diferentes comunidades de la misma denominación, allí te encontrabas iglesias y líderes muy homofóbicos. Una corriente fundamentalista comenzaba a identificarse por aquel entonces, y no faltaron el discurso y la opinión desgarradoramente excluyentes en algún que otro encuentro. Siempre me alegraba de volver a mi comunidad segura y amada.

Fui diaconisa, maestra de juveniles por años, lideré la pastoral de Educación Cristiana y la de Comunicaciones de la Fraternidad. Estudié en el Seminario Evangélico de Teología de Matanzas y comencé mi proceso para la ordenación pastoral en esa denominación.

Pensaba que estaba en el mejor lugar en que se podía estar siendo una cristiana lesbiana, pero en el año 2013 los principales líderes de la iglesia, a partir de las experiencias de nuestres hermanes en Estados Unidos, crearon un grupo de personas gays, bisexuales y lesbianas para ir introduciendo la temática de la diversidad sexual en la iglesia, y esa iniciativa marcó una serie de eventos que cambiaron mi percepción sobre mi comunidad de fe, mi espiritualidad, y mi sexualidad para siempre.

El primer choque fue que yo no quería pertenecer al grupo, no me parecía necesario hablar de mi vida “privada”, ni mucho menos ser parte de un grupo que me etiquetaría y haría que dejara de pasar desapercibida en general. Pero fui y probé el segundo día, y rápidamente me identifiqué y lo necesité, entonces me quedé.

Nos reuníamos para hablar de nuestras vidas y estudiar la Biblia de forma liberadora, desmontando mitos y prejuicios tradicionalmente utilizados para excluirnos. Luis Pérez, quien decía siempre que era un homosexual recalcitrante y hablaba con los ojos encendidos de los hombres que le gustaban, sugirió que nos llamáramos Somos. Durante ese tiempo, compartiendo con mis hermanes, comencé a realizar mis investigaciones sobre temas de género, teologías queer y también a participar en espacios de activismo.

El segundo impacto tuvo que ver con la cualidad “secreta” del grupo Somos en la iglesia. La congregación prácticamente no reconocía nuestra existencia, y a pesar de que el propio liderazgo de la iglesia lo había creado, el grupo no se concebía como una pastoral más, tal como lo eran la pastoral Juvenil o la de Educación Cristiana. Al finalizar los cultos de cada domingo, se anunciaban las actividades y reuniones de la semana, pero no se mencionaba las nuestras, y siempre alguien de Somos debía estar alerta para levantar la mano y recordar nuestros encuentros.

Habíamos crecido, ya venían personas gay, lesbianas y bisexuales de otras iglesias y espiritualidades, y las personas de la congregación comenzaban a murmurar. Como estrategia, abrimos el grupo algunos sábados para que la personas de la iglesia fueran conociendo nuestras problemáticas, vidas, colores. Alguna que otra nos brindaba su apoyo, otras se mantenían en el rumor.

Insistíamos bastante en que se hablara de nuestro grupo con la comunidad, de por qué nos reuníamos, de qué hablábamos, de nuestras luchas, familias y sueños. No entendíamos por qué seguíamos siendo invisibles, aunque todo el mundo sabía de nosotres. Era como si trataran de meter el elefante debajo de un banco, pero el paquidermo seguía allí, enfrente de todes.

Un domingo del año 2015 alguien de la comunidad se levantó a dar gracias por su sobriedad y transformación, y luego insinuó que nosotres, les homosexuales, debíamos transformarnos también y escuchar lo que la carta primera a los corintios en su capítulo 6, versículo 9, tenía que decirnos.

Rápidamente fui al banco de una de las lideresas de la iglesia para preguntarle “¿qué hacemos ahora con esto?”. Ella me respondió que él tenía todo el derecho a decir lo que pensaba. Mi cara se transformó. Ese día participaba en la liturgia, pero entregué mi papel y me fui llorando.

Fui citada por el concilio de diáconos para hablar sobre los últimos acontecimientos. La reunión fue tensa, pero terminó bien, al menos aparentemente. Nos abrazamos todes al f inal y se decidió comenzar inmediatamente un proceso de educativo en la iglesia sobre las temáticas LGBTIQ+.

Luego hubo otra reunión más amplia con los liderazgos de pastorales y diáconos. Allí me senté al lado de quién yo había creído, por mucho tiempo, que era una de nuestras mayores aliadas, amiga de les homosexuales de la comunidad, siempre amable con nosotres, les “desajustades”.

Le comenté de mi tristeza por los últimos sucesos, acerca de la invisibilidad del grupo, y para mi sorpresa respondió que nosotres no debíamos reunirnos como grupo porque eso no tenía sentido. Según ella, era como crear un grupo de personas que se pintaban de rojo el pelo. Ella tenía el pelo pintado de rojo.

Lo que se trataba del bienestar y derechos de un grupo de personas excluidas, esa señora lo estaba equiparando a un tema de peluquería. En este punto las lágrimas me brotaban como un río incontenible. Yo la interpelé: “¿no eras tú amiga de muchos gays y de los líderes gays de nuestra iglesia hermana en la otra orilla?”. Ella me dijo que sí, y entonces remató diciendo que nos amaba, pero que creía debíamos arrepentirnos, porque Dios no aprobaba nuestras “preferencias”.

No importa cuánto mi corazón se aferró a mi comunidad y mantuvo la esperanza de que pusieran empeño en abrazar la diversidad, en abrazarnos a nosotres, de todos modos lo hirieron hasta romperlo. Cuando la coordinadora de la pastoral de Educación Cristiana de la iglesia me llamó entusiasmada para contarme cuál era el tema escogido para el curso de verano, yo sonreí alegre pensando que finalmente se cumpliría el acuerdo del proceso educativo sobre diversidad sexual, pero nuevamente me equivoqué: el tema sería “arte en la Biblia”.

Me fui llorando, el desengaño era tan grande que me apretaba el pecho. Había estado durante diez años en aquel lugar, pero no volví jamás. No había remedio, nadie más volvió, al menos no de la misma manera.

Pasé días en la cama con una fuerte depresión. Sentí que me abandonaban, que nunca había sido amada por mi familia de fe. Somaticé el dolor. Mi cuerpo enfermó.

Yo pensaba que era libre, pero hasta ese momento no había notado que me sentía segura solo porque me conformaba con que mi sexualidad disidente fuera asimilada por la heterosexualidad dominante, diluyéndose silenciosamente en una estructura que –ahora comprendía– era colorida solo en la superficie.

Unos meses antes de esta debacle habíamos recibido la visita de teólogues queer y líderes de la Fraternidad de Iglesias de la Comunidad Metropolitana que nos propusieron hacer una Iglesia en Cuba. Muches del grupo Somos querían, yo me convencí más tarde. Cuando al elefante le dijeron que su existencia era reprobada por Dios, la divinidad mismo bajó a su cama para darle las Buenas Nuevas de una nueva vida en Cristo, volteándole la mirada hacia una iglesia donde la mesa era abierta y la diversidad su signo. Así fue como resucité, mi más trascendental resurrección.

Si eres un paquidermo en medio de un templo lleno de jirafas que intentan meterte debajo de un banco, luego de mi experiencia, te diría: “¡sal corriendo de ahí!”. Las opciones de mantenerte debajo del banco o disfrazarte de jirafa implican violencia espiritual y, aunque es comprensible que por un tiempo creamos que en eso consiste la dignidad, al final hacerlo te daña profundamente. Sin embargo, soy consiente de que las necesidades y vivencias son diferentes en todas las personas. Cada quien anda su camino a su propio ritmo.

En cualquier caso, ten siempre presente que la Divinidad te formó desde el vientre que te gestó, que eres su hije amadísime, y que nadie en esta tierra tiene potestad para decirte lo contrario. Cristo ama tus colores, donde sea que decidas estar.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Crea un sitio web o blog en WordPress.com

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: